Lo que no expresamos suma tantos silencios...
Lo que no expresamos suma tantos silencios…
Cuando nuestro cuerpo nos habla
Algunas veces nuestro cuerpo da señales de que algo anda mal y nos enfermamos o sentimos algo raro, experimentando incomodidad e intranquilidad. Y aunque nos pregunten qué nos pasa, no logramos dar con un motivo concreto. Esto podría relacionarse con emociones que no expresamos, nos confunden y se vuelven una carga muy pesada de llevar, afectando nuestra salud mental y física.
¿Por qué dejamos de expresar lo que sentimos?
Desde niños aprendemos que expresar los sentimientos puede ser signo de debilidad y evitamos ciertos temas que nos apenan, enojan, averguenzan o incomodan. Y la sociedad valida a quienes actúan con prudencia, educación o respeto a las personas mayores, por lo que algunos reprimen expresar sus emociones desde pequeños.
A medida que vamos creciendo, solemos cuestionar qué pensarán los demás temiendo que no nos escuchen, se enojen o distancien. Nos callamos como una forma de protegernos del dolor, creándose una barrera de palabras y emociones entre nosotros y los otros.
¿Y si a lo largo del tiempo se vuelve costumbre guardar lo que sentimos?
Si en nuestra historia aprendemos a callar lo que sentimos, puede ocurrir que cuando nos pregunten qué nos pasa respondamos que nada, lo que no nos alivia y nos frustra al ver que los demás no se dan cuenta. Sin embargo, aunque sea difícil de hacer, es más sano comentarlo abiertamente.
¿Podría pasar que al no hablarlo nos enfermemos?
Sí, hasta puede que nos sintamos asfixiados y en períodos de alto estrés emocional suframos de dolor en el pecho o estómago, taquicardia, malestar físico, altos niveles de ansiedad o angustia. Estas emociones no expresadas pueden ser la verdadera causa. Por otro lado, podría pasar que se vaya acumulando tanto que sea incontenible, urgente y explosivo liberar emociones, pensamientos, sensaciones de injusticia, frustraciones o límites a respetar en relaciones que nos pasan a llevar. Si mantenemos vínculos que nos resultan dañinos, relaciones que no nos atrevemos a cortar o amistades que nos hacen sentir mal, sentiremos agobio, dormiremos mal, pensaremos sobre eso una otra vez o incluso nos sentiremos ahogados.
¿Y qué pasa con la gente que nos rodea?
Todas las palabras que no les decimos los hacen creer que todo está bien, cuando en realidad es lo contrario. Si no lo expresamos, las demás personas no se enterarán de lo que estamos sintiendo. También hay quienes comunican lo que los demás quieren escuchar, otros lo abordan en forma indirecta y así, pero lo mejor es ser sincero y claro. Por eso es que si no logramos darnos a entender, hay que volver a intentarlo una y otra vez sin dejar de expresar lo que ya iniciamos.
¿Y guardar lo que sentimos puede ser algo que compartimos con nuestras familias?
Sí, ocurre mucho que algunas familias sólo conocen esta forma de relacionarse y lo transmiten de generación en generación, sin darse cuenta de que lo están haciendo y menos aún que lo aprendieron de sus padres o abuelos. Es algo en común que se mantiene: quizá la madre no cuenta cómo se sintió en su día, el padre no dice si algo lo aproblemó, los hijos no piden ayuda cuando lo necesitan o los abuelos no hablan de ciertos temas. Es así como los niños lo van internalizando como algo natural. Hay familias que no conversan por evitar entrar en conflicto, malos ratos o enojos y se va acumulando tanto que sale con tal intensidad emocional, en forma impulsiva o es tomado a mal. Otras familias sólo conversan cuando están furiosas, pudiendo haberlo hablado antes de llegar a ese punto de tensión y desagrado.
También hay quienes ignoran lo que el otro siente, no responden mensajes, dejan de hablarles por semanas, hacen como si nada o se muestran indiferentes a lo que sienten los demás, sin hacerse responsables en relaciones que debieran ser recíprocas. Otros cortan contacto ante las diferencias en vez de conversarlo. Así se rompen vínculos en forma unilateral, sin que el otro comprenda lo que pasó, sintiendo confusión y la sensación de que se alejaron de él porque hizo algo mal. Y así suma y sigue, hay tantos estilos y formas para dejar cuando no decimos lo que sentimos.
¿Y sólo callamos lo que nos molesta o nos hace mal?
No, también omitimos decir lo que nos gusta de los demás o lo que admiramos en ellos. Otras veces, no hablamos sobre el cariño o amor que sentimos o lo agradable que es compartir los momentos. Incluso puede pasar que no destaquemos lo orgullosos que nos sentimos o cuánto los extrañamos. Y como necesitamos que nos quieran en voz alta, nos reconozcan y validen, puede hacernos sentir solos, que no somos suficientes o bajar nuestra autoestima.
¿Y si de repente comenzamos a decir lo que sentimos?
Tal vez expresarnos pille por sorpresa a nuestros cercanos por no estar acostumbrados a que lo hagamos. Entonces hasta podría hacer que la relación cambie o termine. La solución es justamente hablarlo. La iniciativa de preguntar qué está pasando y cómo se siente el otro puede provocar una poderosa reacción en cadena, como si fuese algo contagioso que hace que otros se expresen y algo se descomprima y fluya. No se trata de hablar sólo de lo que nos produce desagrado o agrado, también sentimos cosas que se refieren a la otra persona, como por ejemplo cuando hace algo bien o tiene éxito y es ahí donde debemos abrirnos a decirle lo bien que lo hizo.
También es importante poner límites y decir lo que no nos gusta o lo que no nos hace bien, aunque resulte incómodo o perturbador para otros al punto de que se molesten o nos aparten. De igual forma, nos permitirá ser fieles a nosotros mismos y fortalecer el autorespeto. No es sano acumular silencios, hay que gritar fuerte de vez en cuando.
¿Y si aprendimos a callar cómo nos sentimos, podemos aprender a decirlo?
Claro que podemos hacerlo, sólo que callar es lo que conocemos y hemos hecho por muchísimo tiempo, por lo que es muy difícil un cambio inmediato. Es importante considerar que la seguridad, estabilidad y la calma que sintamos en ese momento vital influyen en poder modificarlo, por lo que en etapas en las que nos sentamos muy tristes, inseguros o vulnerables lo más probable es que no lo consigamos.
Poco a poco podemos lograr mirar esta dificultad, comprenderla y saber lo que queremos y valemos, haciéndonos más fuertes para mantener nuestro actuar y es en este trabajo personal donde podría contribuir algún proceso terapéutico. Es necesario considerar que todas las historias de vida son únicas y cada persona tiene ritmos diferentes, por lo que es un gran progreso ver que nos pasa y partir por poder expresarlo con personas que nos hagan sentir protegidas y seguras para con ellas sacar la voz.
Comunicarnos hará que nuestras relaciones sean más sanas y nos sintamos en calma con nosotros mismos, mejorando nuestra autoestima y autoconfianza. Además, mostrarnos como realmente somos hará que quienes nos quieran y aprecien nos acepten y conozcan tal cual somos, haciendo válidas nuestras emociones.
Psicóloga Karen Klein